Cuando no sabemos de qué hablar,
sobre todo con gente con la que no tenemos mucha o ninguna familiaridad,
hablamos del tiempo. Por eso vienen bien estas olas de frío, porque nos
solidarizan como sufridores de unas condiciones que ponen a prueba nuestra resistencia
moral y física. Estamos ya al final de una ola de frío que ha durado dos
semanas en las que la temperatura habrá sobrepasado el deshielo durante dos o
tres horas como mucho. Por la mañana las mínimas han sido moderadamente bajas,
entre los -6 y -11 grados en París capital, y por la tarde se han dado máximas
de -2 o -3 casi todos los días, aunque no siempre hemos tenido esa suerte. A esto
hay que añadir el viento, que hace que la sensación térmica sea de gran frío.
El homo parisinus no se asusta especialmente
por estas bajas temperaturas. Si acaso, a nivel oficial, se disparan todas las
luces de alarma y se siembran las calles de sal como si fuera a caer la nevada
del siglo, cosa que ha estado muy lejos de suceder puesto que el frío ha sido
muy seco y ha hecho descender los porcentajes de humedad hasta niveles castellanos.
Pero el ciudadano sigue utilizando bicicletas y motos como si no pasara nada. La
gente que siempre lleva ropa, lleva la misma, y la gente que no lleva ropa,
sigue sin ella. El Sena sigue fluyendo y todas las arterias de la capital
igualmente. Las numerosas terrazas siguen con los mismos fumadores. Los turistas
nunca faltan y pasean haga como haga, que para eso han venido. No se suspende ningún
acto, ninguna clase ni trabajo. La gente sin hogar, que aquí llaman SDF (sin
domicilio fijo, aunque es obvio que el adjetivo está de más) siguen en la calle
aprovechando una salida de aire caliente del metro o en los refugios que
emplean habitualmente, tales como estaciones de metro, cabinas de teléfono o
puentes, sin inmutarse demasiado por el anticiclón siberiano.
El castellano recio, en cambio,
piensa que las bicicletas, de servir para algo, sirven solo para el verano o
para dar un paseo el domingo. El motero medio, lo mismo, con la excepción obligada
de “Pingüinos” o alguna otra concentración invernal como “las nieblas”. La gente
se abriga porque para este tiempo es la ropa y, desde luego, nadie vive en la
calle. Sería imposible, con este frío.
Las noches son muy frías en
París, pero los parabrisas de los coches están en perfecto estado de uso, la
hierba de los jardines está verde y los vidrios de las ventanas no se congelan
por dentro. En Palencia la helada es implacable, una capa de hielo cae
literalmente del cielo y cubre todo lo que no esté bajo techo. Raramente vemos
una helada negra. De hecho, mucha gente ni siquiera conoce esta expresión que
denota a la helada al estilo parisino, sin escarcha, la helada pura, solo frío,
diez bajo cero y todo como si nada, curioso. La helada blanca, típica de
Castilla y de zonas templadas o cálidas, es por radiación: el suelo pierde su
calor en noches despejadas y la humedad de la atmósfera se condensa (rocío) y
se congela (escarcha); la helada negra, típica de París y de zonas frías, es
por advección, y está provocada por la entrada de una masa de aire muy frío,
polar o siberiano, que además suele mantenerse durante varios días. Aún no he
visto aquí la cencellada, el fenómeno más bello del invierno, que se da en
Castilla tras varios días de helada permanente con nieblas. La humedad de la
niebla se condensa en gotas diminutas en hierbas, ramas, cables, antenas,
catenarias, viviendas, vehículos, en fin, en todas partes, y se congela dando
lugar a unos cristales que perfilan milimétricamente cada recoveco de la cosa
perfilada; cuando al cabo sale el sol, el espectáculo es grandioso, el brillo
del hielo cándido contrastando con el cielo azul y la luz del sol que no
calienta, que parece dibujado, pero que aun así sube los ánimos después de
tantos días sin su presencia.
Aquí ocurre que los canales se
hielan y los barcos no pueden seguir circulando. En el canal del Ourq, en el
distrito 19, hay un cine dividido en dos edificios, uno en cada orilla del
canal y con varias salas en cada uno. La empresa mk2 pone a disposición de los
espectadores una barquita que va y viene constantemente entre las dos orillas. El
otro día fui al cine y la película que quería ver estaba en el Quai de Loire,
pero yo estaba en el Quai de Seine, con lo cual me tocaba coger la barca, pero
hete aquí que el ancho canal, más bien dársena, tenía el mismo aspecto que el
océano glacial ártico, así que había que dar toda la vuelta a pie (la verdad, tampoco
es tanto). El ayuntamiento ha prohibido terminantemente caminar sobre el hielo
porque en algunos puntos puede romperse y dar lugar a una tragedia.
Como los días son soleados -ya
que la niebla, tan habitual en Palencia y, sobre todo, en Venta de Baños, se da
pocas veces aquí-, es bonito pasear por los canales, aunque hay que tener
cuidado de no quedarse quieto porque la hipotermia no perdona. Y sobre todo es
bonito este año, que pensábamos que el invierno se había olvidado de París. Hasta
el mes de febrero no más de dos o tres días se habían dado heladas débiles, y
la nieve no había hecho acto de presencia tampoco. Pero al invierno no se lo
come el lobo, y aquí está. Disfrutemos de su visita.
Aquí, en Madrid, también vivimos la ola de frío aunque más leve que en París y sin nieve. Me gustaron mucho las fotos, dan ganas de volver. Muchos saludos, ojalá nos crucemos pronto.
ResponderSuprimirValdovinos
Ojalá nos crucemos pronto, sí. Aunque sea con menos frío que "aquí en Madrid", jeje.
ResponderSuprimir