Otro elemento que históricamente caracterizó a la región es la lengua. Como se sabe, la actual Francia se dividía antaño en dos idiomas principales (y otros muchos menos importantes por su superficie y número de hablantes dentro del país, como bretón, vascuence, catalán, flamenco, alemán, italiano, francoprovenzal): la langue d’oil al norte, y la langue d’oc al sur, es decir, el idioma en que se afirmaba diciendo oil, de donde viene el actual oui, y el idioma en que se afirmaba diciendo oc, del latín hoc (est), “esto es”, y que da origen a la región de Languedoc. Para profundizar en las lenguas de Francia, incluidos los territorios de ultramar, consultar el informeCerquiglini. No es menos sabido que Francia es un país de gran tradición centralista, y esto ha acabado con gran cantidad de particularismos regionales. No se han librado las hablas regionales, fueran estas idiomas o dialectos. La uniformidad se ha impuesto y está aún en fase de expansión. En los años setenta el provenzal era ya cosa de viejos, y hoy en día, a pesar de tardíos esfuerzos, no es más que un recuerdo. Podemos ver en Montpellier alguna inscripción en provenzal, pero es algo más testimonial que real.
En cuanto al francés que se habla en la ciudad, también he percibido una gran evolución a lo largo de estos 37 años. Los elementos que diferenciaban la manera de hablar de las gentes del sur frente a las del norte se han ido diluyendo. Yo aprendí las nasalizaciones de una manera determinada, lo mismo que aprendí a pronunciar las palabras con todas sus sílabas, y esto me supuso un esfuerzo enorme la primera vez que hube de comunicarme con franceses del norte, donde la omisión de la e muda era una constante y me dejaba bastante despistado con respecto a los contenidos que me querían transmitir. Ahora he comprobado que casi nadie habla con “accent”; el acento del sur está desapareciendo también, en una vuelta de tuerca más del centralismo parisino. De aquí a veinte años, todos los franceses hablarán de tal manera que será imposible deducir por su habla de qué región proceden. Cuando alguien del sur se hace famoso (actores, cantantes, modelos, políticos, etc.) se va a vivir a París, y lo primero que hace es quitarse de encima su acento, caso de que lo tuviera, porque queda muy paleto.
| Estatua de san Roque (Sant Roc) nacido en Montpelhier en 1295 |
La comparación con España es evidente. La gran vitalidad de las lenguas regionales españolas, que en algunos casos son oficiales en sus comunidades autónomas respectivas e incluso han conseguido imponer al resto del país topónimos, uso en el Senado y en la administración, barrera para la movilidad de funcionarios, etc., contrasta claramente con la extinción al otro lado de los Pirineos. Para muestra dos botones: el vasco y el catalán son lenguas cuyo solar histórico traspasa la cordillera, y frente a una situación de gran vitalidad al sur, nos encontramos que prácticamente están extintas al norte. Lo cual no impide a los franceses afirmar que Franco acabó o intentó acabar con estos idiomas, a la vez que callan sobre la causa de que en su propio país hayan desaparecido. Otros botones serían los dialectos alemanes de Alsacia y Lorena, los italianos de Córcega o los flamencos de Flandes en Francia. En el caso del occitano también hay botones que mostrar: el aranés, dialecto languedociano radicado en el turístico valle leridano de Arán, ha sobrevivido y también es oficial en la comunidad autónoma catalana, y es el sitio en que todo este grupo lingüístico, que va desde el océano Atlántico hasta los Alpes, es más vital.
Así, podemos afirmar que el panorama lingüístico dialectal francés se ha empobrecido sin remedio en el último siglo y está abocado al monolingüismo más radical, ya que no quedarán ni los acentos que podrían caracterizar a los individuos de una región frente a los de otra. En España, en cambio, hemos mantenido esa riqueza, a veces pasándonos al extremo absurdo de negar carta de naturaleza al español en zonas de España. Y hemos mantenido los acentos regionales, aunque hay que precisar que unos más que otros, dado que frente a los dialectos de Canarias o Andalucía, donde te miran raro cuando hablas castellano (cusha qué hente mah fina), los hablantes de Castilla son recriminados a la mínima variación sobre el español estándar y se nos estigmatiza por ser leístas y laístas, que es casi lo único que tenemos como particularidad lingüística. Pero eso ya daría para otro artículo.