martes, 27 de marzo de 2012

Montpellier 3. La lengua

Otro elemento que históricamente caracterizó a la región es la lengua. Como se sabe, la actual Francia se dividía antaño en dos idiomas principales (y otros muchos menos importantes por su superficie y número de hablantes dentro del país, como bretón, vascuence, catalán, flamenco, alemán, italiano, francoprovenzal): la langue d’oil al norte, y la langue d’oc al sur, es decir, el idioma en que se afirmaba diciendo oil, de donde viene el actual oui, y el idioma en que se afirmaba diciendo oc, del latín hoc (est), “esto es”, y que da origen a la región de Languedoc. Para profundizar en las lenguas de Francia, incluidos los territorios de ultramar, consultar el informeCerquiglini. No es menos sabido que Francia es un país de gran tradición centralista, y esto ha acabado con gran cantidad de particularismos regionales. No se han librado las hablas regionales, fueran estas idiomas o dialectos. La uniformidad se ha impuesto y está aún en fase de expansión. En los años setenta el provenzal era ya cosa de viejos, y hoy en día, a pesar de tardíos esfuerzos, no es más que un recuerdo. Podemos ver en Montpellier alguna inscripción en provenzal, pero es algo más testimonial que real.



En cuanto al francés que se habla en la ciudad, también he percibido una gran evolución a lo largo de estos 37 años. Los elementos que diferenciaban la manera de hablar de las gentes del sur frente a las del norte se han ido diluyendo. Yo aprendí las nasalizaciones de una manera determinada, lo mismo que aprendí a pronunciar las palabras con todas sus sílabas, y esto me supuso un esfuerzo enorme la primera vez que hube de comunicarme con franceses del norte, donde la omisión de la e muda era una constante y me dejaba bastante despistado con respecto a los contenidos que me querían transmitir. Ahora he comprobado que casi nadie habla con “accent”; el acento del sur está desapareciendo también, en una vuelta de tuerca más del centralismo parisino. De aquí a veinte años, todos los franceses hablarán de tal manera que será imposible deducir por su habla de qué región proceden. Cuando alguien del sur se hace famoso (actores, cantantes, modelos, políticos, etc.) se va a vivir a París, y lo primero que hace es quitarse de encima su acento, caso de que lo tuviera, porque queda muy paleto.

Estatua de san Roque (Sant Roc) nacido en Montpelhier en 1295
La comparación con España es evidente. La gran vitalidad de las lenguas regionales españolas, que en algunos casos son oficiales en sus comunidades autónomas respectivas e incluso han conseguido imponer al resto del país topónimos, uso en el Senado y en la administración, barrera para la movilidad de funcionarios, etc., contrasta claramente con la extinción al otro lado de los Pirineos. Para muestra dos botones: el vasco y el catalán son lenguas cuyo solar histórico traspasa la cordillera, y frente a una situación de gran vitalidad al sur, nos encontramos que prácticamente están extintas al norte. Lo cual no impide a los franceses afirmar que Franco acabó o intentó acabar con estos idiomas, a la vez que callan sobre la causa de que en su propio país hayan desaparecido. Otros botones serían los dialectos alemanes de Alsacia y Lorena, los italianos de Córcega o los flamencos de Flandes en Francia. En el caso del occitano también hay botones que mostrar: el aranés, dialecto languedociano radicado en el turístico valle leridano de Arán, ha sobrevivido y también es oficial en la comunidad autónoma catalana, y es el sitio en que todo este grupo lingüístico, que va desde el océano Atlántico hasta los Alpes, es más vital.


Así, podemos afirmar que el panorama lingüístico dialectal francés se ha empobrecido sin remedio en el último siglo y está abocado al monolingüismo más radical, ya que no quedarán ni los acentos que podrían caracterizar a los individuos de una región frente a los de otra. En España, en cambio, hemos mantenido esa riqueza, a veces pasándonos al extremo absurdo de negar carta de naturaleza al español en zonas de España. Y hemos mantenido los acentos regionales, aunque hay que precisar que unos más que otros, dado que frente a los dialectos de Canarias o Andalucía, donde te miran raro cuando hablas castellano (cusha qué hente mah fina), los hablantes de Castilla son recriminados a la mínima variación sobre el español estándar y se nos estigmatiza por ser leístas y laístas, que es casi lo único que tenemos como particularidad lingüística. Pero eso ya daría para otro artículo.

lunes, 19 de marzo de 2012

Montpellier 2. Directa al futuro desde el pasado.


Quiero desarrollar un poco más en este artículo algunos aspectos que particularmente me llamaron la atención en mi reciente visita. Ya dije que la ciudad ha cambiado mucho y que ha adquirido y está adquiriendo aún un cierto aspecto futurista, y también dije que su centro histórico ha mejorado notablemente. Montpellier es un ejemplo de lo que debe hacerse en cualquier lugar de Europa: regar y mineralizar las raíces para obtener nuevos frutos más sabrosos.

Aunque la ciudad se fundó tardíamente (en el año 935), a pocos quilómetros de la costa mediterránea para evitar las incursiones piratas, toda la región de Languedoc, así como el resto de la Provenza (la antigua Prouincia romana) cuenta con importantes restos griegos, pues griegas fueron fundaciones como Niza, Antibes o Marsella; y romanos, ya que fue aquí donde antes se asentaron los romanos fundando ciudades como Nimes, Arles, Narbona, etc. El más conocido de estos vestigios hoy en día es el acueducto y puente llamado Pont du Gard, cuya imagen figura en los billetes de cinco euros. De esto resulta que es la gran ciudad más joven del sur de Francia pero inscrita en un contexto histórico que la rodea y la empapa completamente. Por ella pasa la antigua vía Domicia, sin ir más lejos.


En el renacer del siglo xxi, Montpellier no ha querido olvidar sus herencias clásicas y ha construido todo un barrio retomando las tradiciones arquitectónicas, escultóricas, mitológicas, geográficas e históricas de la Antigüedad grecorromana: se trata de Antigone. Este barrio proyectado por el arquitecto español Ricardo Bofill, siendo moderno, abunda en elementos clásicos, aparte de su propio nombre, como las esculturas que lo adornan, donde encontramos reproducciones del Discóbolo, Apolo, Venus, Posidón, etc., los nombres de sus calles y plazas (Tebas, Zeus,…), y sobre todo su arquitectura. Todo tipo de elementos clásicos han sido reproducidos y rediseñados: frontones, casetones, fustes, capiteles,… Este espíritu antiguo se completa con numerosos establecimientos que han elegido para sí nombres y aspecto antiguo.



Pero fuera de este lugar también está presente la cultura clásica, como en el acueducto de San Clemente, el arco de triunfo, el castillo de agua, numerosos edificios oficiales como el palacio de Justicia o la prefectura, desde cuyo balcón saludaron un día Franco y Pétain. Por otro lado, en muchos establecimientos se recurre a nombres de la Antigüedad. En general, se percibe el orgullo de pertenecer a esta cultura clásica.


Parte fundamental de la ciudad es, desde luego, su casco medieval, laberinto de calles, callejas y callejones sin salida que apenas deja pasar la luz directa del sol, donde se apiñan casas de piedra que se han ido reutilizando y rediseñando pero que conservan toda su esencia medieval. Algunas no tienen más que tres metros de fachada y una altura de cuatro o cinco plantas para hacer una vivienda unifamiliar. Otras, en cambio, son antiguas casas señoriales y palaciegas, con profusión de elementos ornamentales y elegantes patios estilo corona de Aragón.

Y lo moderno: el palacio de congresos y ópera Corum, el centro comercial Polygone, el nuevo ayuntamiento, donde se da carta blanca a una arquitectura actual que quiere hacer de la ciudad un referente doble: francés por un lado, mediterráneo por otro. La ciudad reivindica un puesto influyente en el contexto francés y mediterráneo, y está creando las condiciones para llegar a serlo: su posición en el arco mediterráneo como ciudad mediana frente a Valencia, Barcelona, Marsella, Génova, Nápoles y otras, más sostenible y manejable, con un alto nivel de vida que conjuga todos los servicios educativos, transportes públicos, comercio, cultura, empresas, agricultura, gastronomía y turismo y una decidida voluntad de progreso harán de ella una de las referencias mediterráneas en los próximos años.

jueves, 15 de marzo de 2012

Montpellier. Retorno a los orígenes


El otro día fui a esta bella ciudad del sur de Francia por razones de trabajo. Pensaba reencontrarme con la primera ciudad extranjera que me vio, cuando era tan solo un niño, hace ya tantos años. Pero no fue así. Al menos, no fue así en gran medida. El Montpellier que me encontré poco tenía que ver con el de los años setenta y ochenta. Apenas algunos lugares emblemáticos permanecen con pocos cambios, el resto me resultó desconocido. Ni siquiera pude reproducir el camino que hacía a diario durante un mes de la casa de la familia Bougon al colegio Saint Guilhem: las calles eran extrañas, los edificios habían cambiado, incluso si eran los mismos. Aquella villa era antigua, o mejor, vieja. Esta es moderna y nueva. Numerosas avenidas y calles céntricas forman un gran entramado peatonal con circulación restringida a tranvías y ciclistas. Hasta la otrora plaza del huevo ha dejado de hacer honor a su nombre, pues ha quedado unida al centro comercial Polygone (el Polígono, decíamos siempre nosotros) y a la Esplanade Charles de Gaulle (para nosotros la Explanada) formando una superficie uniforme con forma de tres radios. Y el centro histórico medieval, aunque ha conservado lógicamente su trazado laberíntico de callejuelas, ha mejorado y se ve más limpio, restaurado y comercialmente dinámico. En muchas tiendas, bares y peluquerías se pueden ver los arcos y bóvedas de piedra tan mediterráneos, tan catalanes a veces, tan italianos otras, latinos siempre y sugerentes.



Este casco medieval tiene dos partes, una más residencial y otra más comercial. La residencial, al norte de la calle de la Loge, sigue llena de gente viviendo en casas pluriseculares como si tal cosa; la comercial, al sur de dicha calle, está cuajada de todo tipo de establecimientos comerciales y de ocio, frecuentados estos por gran cantidad de estudiantes atraídos por una de las universidades más antiguas de Europa. Por todas estas arterias circula una sangre bombeada por el corazón, la catedral de un gótico tan distinto al de la Isla de Francia, más próximo al nuestro.






La explanada del Peyrou (nuestro Perú de entonces) está casi igual, salvo que sus principales monumentos han experimentado una restauración y limpieza que les hace más atractivos. Son el arco de triunfo, de finales del siglo xvii, y el Chateau d’eau, del xviii, hasta donde llega el acueducto que recuerda, mutatis mutandis, al segoviano. Otro de los iconos de la ciudad es el teatro de la Comédie, que preside la plaza del mismo nombre (antaño la place de l’Oeuf), frente al cual se halla la graciosa fuente de las Tres Gracias.





Aparte de esto, todo es nuevo en Montpellier: la gran sala de congresos y ópera llamada Corum, el barrio completo de Antigone, diseñado por Ricardo Bofill inspirándose en motivos clásicos grecorromanos, el campus universitario de Paul Valéry y, en general, todas las calles surcadas por un tranvía que es el orgullo e icono de la ciudad actual por su eficiencia, pues pasa con una frecuencia de apenas un minuto entre tren y tren y llega hasta los barrios más alejados, como el para mí mítico de la Paillade, donde residí un par de veranos en casa de madame León, de quien siempre guardaré un entrañable recuerdo y que merecería un post para ella sola. Esta leonesa de Inicio y su marido madrileño emigraron a Francia cuando sus primeros hijos eran muy pequeños. Otras hijas nacerían ya en Montpellier. Lo más curioso de la señora León era su manera de hablar, con una mezcla inextricable de español y francés que, en mi opinión, la hacía inteligible solo para los bilingües, aunque la realidad demostraba que ella se movía en cualquier ambiente por monolingüe que fuera. A mí me trataba como si fuera un hijo más, demostrando una caridad sin límites.



Otra característica llamativa de la ciudad es la cantidad de vagabundos y perroflautas que deambulan por sus calles y plazas. En un momento se echan por tierra todos los esfuerzos que los monpelierinos, con sus sucesivos alcaldes a la cabeza (como François Delmas y Georges Frêche), han hecho durante tantos años para conseguir una ciudad moderna, limpia, ejemplar y convertirla en un polo de atracción turística, cultural, educativa y económica. Ríete tú de los clochares o clochardos parisinos. La densidad de estos perroflautas antihigiénicos es alarmante en las plazas y calles más transitadas, y tuve la ocasión de presenciar una lamentable pelea entre ellos en plena place de la Comédie, junto al tiovivo, a la luz del día.


domingo, 12 de febrero de 2012

Friura


Cuando no sabemos de qué hablar, sobre todo con gente con la que no tenemos mucha o ninguna familiaridad, hablamos del tiempo. Por eso vienen bien estas olas de frío, porque nos solidarizan como sufridores de unas condiciones que ponen a prueba nuestra resistencia moral y física. Estamos ya al final de una ola de frío que ha durado dos semanas en las que la temperatura habrá sobrepasado el deshielo durante dos o tres horas como mucho. Por la mañana las mínimas han sido moderadamente bajas, entre los -6 y -11 grados en París capital, y por la tarde se han dado máximas de -2 o -3 casi todos los días, aunque no siempre hemos tenido esa suerte. A esto hay que añadir el viento, que hace que la sensación térmica sea de gran frío.

El homo parisinus no se asusta especialmente por estas bajas temperaturas. Si acaso, a nivel oficial, se disparan todas las luces de alarma y se siembran las calles de sal como si fuera a caer la nevada del siglo, cosa que ha estado muy lejos de suceder puesto que el frío ha sido muy seco y ha hecho descender los porcentajes de humedad hasta niveles castellanos. Pero el ciudadano sigue utilizando bicicletas y motos como si no pasara nada. La gente que siempre lleva ropa, lleva la misma, y la gente que no lleva ropa, sigue sin ella. El Sena sigue fluyendo y todas las arterias de la capital igualmente. Las numerosas terrazas siguen con los mismos fumadores. Los turistas nunca faltan y pasean haga como haga, que para eso han venido. No se suspende ningún acto, ninguna clase ni trabajo. La gente sin hogar, que aquí llaman SDF (sin domicilio fijo, aunque es obvio que el adjetivo está de más) siguen en la calle aprovechando una salida de aire caliente del metro o en los refugios que emplean habitualmente, tales como estaciones de metro, cabinas de teléfono o puentes, sin inmutarse demasiado por el anticiclón siberiano.

El castellano recio, en cambio, piensa que las bicicletas, de servir para algo, sirven solo para el verano o para dar un paseo el domingo. El motero medio, lo mismo, con la excepción obligada de “Pingüinos” o alguna otra concentración invernal como “las nieblas”. La gente se abriga porque para este tiempo es la ropa y, desde luego, nadie vive en la calle. Sería imposible, con este frío.

Las noches son muy frías en París, pero los parabrisas de los coches están en perfecto estado de uso, la hierba de los jardines está verde y los vidrios de las ventanas no se congelan por dentro. En Palencia la helada es implacable, una capa de hielo cae literalmente del cielo y cubre todo lo que no esté bajo techo. Raramente vemos una helada negra. De hecho, mucha gente ni siquiera conoce esta expresión que denota a la helada al estilo parisino, sin escarcha, la helada pura, solo frío, diez bajo cero y todo como si nada, curioso. La helada blanca, típica de Castilla y de zonas templadas o cálidas, es por radiación: el suelo pierde su calor en noches despejadas y la humedad de la atmósfera se condensa (rocío) y se congela (escarcha); la helada negra, típica de París y de zonas frías, es por advección, y está provocada por la entrada de una masa de aire muy frío, polar o siberiano, que además suele mantenerse durante varios días. Aún no he visto aquí la cencellada, el fenómeno más bello del invierno, que se da en Castilla tras varios días de helada permanente con nieblas. La humedad de la niebla se condensa en gotas diminutas en hierbas, ramas, cables, antenas, catenarias, viviendas, vehículos, en fin, en todas partes, y se congela dando lugar a unos cristales que perfilan milimétricamente cada recoveco de la cosa perfilada; cuando al cabo sale el sol, el espectáculo es grandioso, el brillo del hielo cándido contrastando con el cielo azul y la luz del sol que no calienta, que parece dibujado, pero que aun así sube los ánimos después de tantos días sin su presencia.




Aquí ocurre que los canales se hielan y los barcos no pueden seguir circulando. En el canal del Ourq, en el distrito 19, hay un cine dividido en dos edificios, uno en cada orilla del canal y con varias salas en cada uno. La empresa mk2 pone a disposición de los espectadores una barquita que va y viene constantemente entre las dos orillas. El otro día fui al cine y la película que quería ver estaba en el Quai de Loire, pero yo estaba en el Quai de Seine, con lo cual me tocaba coger la barca, pero hete aquí que el ancho canal, más bien dársena, tenía el mismo aspecto que el océano glacial ártico, así que había que dar toda la vuelta a pie (la verdad, tampoco es tanto). El ayuntamiento ha prohibido terminantemente caminar sobre el hielo porque en algunos puntos puede romperse y dar lugar a una tragedia.

Como los días son soleados -ya que la niebla, tan habitual en Palencia y, sobre todo, en Venta de Baños, se da pocas veces aquí-, es bonito pasear por los canales, aunque hay que tener cuidado de no quedarse quieto porque la hipotermia no perdona. Y sobre todo es bonito este año, que pensábamos que el invierno se había olvidado de París. Hasta el mes de febrero no más de dos o tres días se habían dado heladas débiles, y la nieve no había hecho acto de presencia tampoco. Pero al invierno no se lo come el lobo, y aquí está. Disfrutemos de su visita.

domingo, 18 de diciembre de 2011

El abeto

En los últimos tiempos se ha impuesto el abeto como símbolo de la Navidad. El origen de la costumbre de poner un abeto en estas fechas parece que viene de Austria, aunque no faltan teorías que lo sitúan más al norte. En cualquier caso, es indiscutible su universalización, que ha llegado al Vaticano. El nacimiento, según se cuenta, tiene sus orígenes en Nápoles, donde tiene plena vigencia y desde donde pasó a España, que era la potencia dominante de la región. Desde España a Hispanoamérica y a otros sitios.


En Francia todo el mundo pone un abeto. Son raros los nacimientos, aunque tampoco faltan en las iglesias y en bastantes hogares. Pero el abeto es inevitable, se encuentra por todas partes y está exento de connotaciones religiosas que pueden estorbar a muchas personas en una sociedad tan mixta como la actual, y no solo me refiero a París o a Francia, sino también, por supuesto, a España. Los católicos lo aceptan como suyo, y los no católicos, también (aunque no todos, claro). Yo siempre viví la tradición del nacimiento, y lo del árbol ni lo conocí de pequeño. Luego ya se fueron viendo árboles hasta que, en estas navidades de 2011, el nuevo ayuntamiento de Palencia, del partido popular, que sustituye al socialista que durante tantos y tan largos años ha dominado la capital palentina, ha decidido poner un abeto en la Plaza Mayor para hacer compañía al portal de Belén. Con esto ya creo que podemos decir que Palencia ha entrado de lleno en el siglo xxi y que está decidida a codearse con las más modernas capitales del orbe (del sorbe decía uno de los cervantinos candidatos a la alcaldía de Daganzo). Presento para el amable lector algunas fotos de árboles navideños parisinos, que en francés se llama sapin, desde el de la explanada de la catedral (sí, sí, Notre Dame), hasta el de la otra catedral, la del consumo (sí, sí, las galerías Lafayette), pasando por los que se venden en los mercados y tiendas para usar y tirar.


Pobres arbolillos cuando, en febrero o marzo, la gente los abandona en la calle con sus hojas y ramas secas, como basura. Yo, pasado el seis de enero, guardo las figurillas de mi belén en su caja, perfectamente protegidas, hasta el año que viene.

Feliz Navidad a todos.

domingo, 20 de noviembre de 2011

Le vélib

En las más importantes ciudades europeas –y eso incluye a Palencia- se ha desarrollado en los últimos años un sistema de préstamo de bicicletas que ha sido bautizado con nombres diversos, y que en París se llama vélib, de vélo, “bicicleta” (a su vez apócope de vélocipède, “velocípedo”, que es como se llamó a aquellos prototipos de madera y de formas a veces cómicas), y de libre, “libre, gratuita”. Hay varias formas de acceder al servicio, desde el pase anual (que cuesta 29 euros si queremos hacer trayectos de hasta media hora y 39 si pensamos pedalear hasta 45 minutos seguidos) hasta el diario, que vale un euro setenta. La ciudad está llena de estaciones, donde se aparcan las bicis y están los bornes para activar las tarjetas.

Este sistema de alquiler casi gratuito de bicicletas ha creado una cierta afición por este medio de transporte y ha eliminado bastantes coches y motos del tráfico. Es una buena manera de evitar los horrores del metro en las horas punta a la vez que se hace ejercicio. Los ciclistas pueden circular por los carriles destinados al bus, y además se han ido creando carriles bicis en las principales rutas urbanas. En las calles que, por ser demasiado estrechas, tienen un solo sentido de circulación, las bicis están autorizadas a circular en dirección contraria si van pegadas a la derecha.

Es un medio de transporte sano, barato, ecológico y rápido, pero incómodo si el tiempo no acompaña y a veces peligroso, porque los semáforos y señales aquí son solo indicativos, luego uno decide si se para en un semáforo en rojo o pasa. Es uno de los aspectos en los que se ve más claramente que los franceses son latinos y que están muy lejos de la disciplina germánica. Si el semáforo está en verde para peatones, estos deben cruzar con todas las precauciones porque en cualquier momento puede venir un vehículo o bicicleta, y a la inversa, los conductores o ciclistas deben extremar las precauciones si tienen su semáforo en verde porque los peatones pueden cruzarse de repente sin encomendarse a Dios ni al diablo, y esto se puede aplicar a una calleja o a los Campos Elisios. Pero ojo, que la policía, aunque parezca mentira, a veces se deja ver, y lo peor es cuando vienen detrás de ti y van contando los semáforos que te saltas para luego pararte y ponerte la sanción correspondiente, aunque en la mayoría de los casos se limitan a advertirte de que a la próxima te la cargas.

La vélib nos permite descubrir París de otra manera. En poco tiempo podemos estar en muchos lugares, podemos disfrutar de la ciudad en menos tiempo, por lo que es ideal para gente que venga a pasar unos pocos días. También el metro lo permite, pero una de las cosas más bonitas que hay en París es París, que en el metro no se ve. El callejeo, que es mi actividad favorita, se puede hacer de manera más rápida, aunque hay que reconocer que no es lo mismo que caminar, porque si vas en bici te tienes que parar para hacer la foto o contemplar tal cosa. Y además de todo esto, es romántico.

lunes, 31 de octubre de 2011

Burdeos o el arte de vivir bien

A poco más de tres horas de TGV (Tren de Gran Velocidad) de París se encuentra Burdeos. Esta ciudad de tamaño medio, capital de Aquitania, presume de ser la más bella de Francia, desafiando a París, de la que se critica el ritmo estresante, el omnipresente tráfico de vehículos, el tamaño excesivo, la demasía de personal y un clima con un invierno demasiado largo y oscuro, sin hablar de la suciedad de las calles. Además, por el precio de un estudio en París se puede alquilar aquí un piso de tres habitaciones.



Burdeos, en cambio, tiene un centro histórico inaccesible al tráfico de vehículos privados, por el que solo circulan taxis y tranvías de última generación, sin catenaria. Los edificios y las calles relucen tras las sucesivas operaciones que su alcalde estrella, Alain Juppé, ha llevado a cabo en los últimos años y que le han llevado a ser deificado por la mayoría, hasta el punto de que solo aceptó el nombramiento como ministro de asuntos exteriores si podía conservar la alcaldía. El clima de la cuidad, por su latitud y altitud y por estar cerca del océano, es suave. El Garona, uno de los grandes ríos franceses -aunque nace en España, concretamente en el valle de Arán- se convierte aquí en estuario, se puede ver cómo sube y baja la marea, los pescadores saben cómo cambia la salinidad.

El puerto de Burdeos tiene una larga historia de prosperidad, aunque no siempre se basó en negocios honestos, ya que en su día tuvieron aquí su sede importantes negreros. Hoy sirve para la exportación de sus vinos, los mejores de Francia en general, aunque yendo a vinos concretos hay que descubrirse ante algunos borgoñones. En esta época los viñedos, ya despojados de sus frutos, ofrecen una sinfonía de colores en medio de una campiña de lomas no menos coloridas por la que corre un aire fresco, sano, que entra en los pulmones sin esfuerzo.



La gente tiene fama de antipática, hasta ese punto quieren emular a la capital, y los españoles que aquí residen se aprovechan del inevitable juego de palabras, ya que el gentilicio de aquí es bordelés. Sin embargo, los pocos con los que he tratado han sido sumamente amables conmigo, por lo que hablo por boca de ganso.

En esta ciudad hay una fuerte presencia española en forma de exiliados y emigrantes y de sus descendientes. La población autóctona también está muy interesada por España y por la lengua española, suelen viajar con frecuencia hasta nuestro país porque pilla cerca y se come y se bebe bien, aspectos estos de suma importancia para una ciudad francesa de postín. Hace unos días la sección internacional española del liceo Magendie recibió a Carlos Fuentes, escritor mejicano que ha recibido todo tipo de premios literarios salvo el Nobel. Ha sido, por ejemplo, premio Cervantes, Príncipe de Asturias, y en Francia ha conseguido la Legión de Honor. A sus casi 83 años está muy lejos de jubilarse, sigue escribiendo y asistiendo a actos. Los alumnos de la sección aprovecharon para formularle todo tipo de preguntas a las que él respondió prolijamente. También recibió en la universidad de Burdeos III el doctorado honoris causa. Hace un par de años pasó por la misma sección Mario Vargas Llosa, quien posteriormente recibió el Nobel.

Desde España es una visita totalmente recomendable, por carretera, por tren y por avión. En verano, además, se puede uno acercar a las interminables playas de Arcachon, donde destacan los atardeceres en el agua y las dunas en la tierra. En el plato el foie gras y en el vaso no hace falta decirlo.